El Parlamento Europeo ha aprobado una resolución que pide a la Unión reducir sus dependencias estratégicas y reforzar su capacidad de acción autónoma, promoviendo al mismo tiempo la interoperabilidad mundial. Insta a completar la unión del ahorro y las inversiones, a desarrollar un activo seguro europeo común, a ampliar la facturación en euros, a desplegar una moneda digital de banco central mayorista y el euro digital, y a extender las líneas de swap. Pide a la Comisión, junto con el BCE, que presente una estrategia común de internacionalización del euro antes de finales de 2026. El Parlamento pide a la Comisión que actúe; no es una ley.
El sistema monetario internacional sigue centrado en el dólar estadounidense, que representaba el 57,8 % de las reservas oficiales de divisas mundiales a finales de 2024, mientras que el euro representaba alrededor del 20 %. Las tensiones geopolíticas y la fragmentación del comercio mundial abren el camino a un sistema de reservas con varias divisas. El Parlamento considera que el euro debe pasar de ser una moneda refugio pasiva a una moneda internacional plena, con ventajas en términos de costes de endeudamiento, protección frente a la volatilidad de los tipos de cambio e influencia geopolítica.
Activo seguro europeo comúnEl Parlamento pide la creación de un activo seguro europeo profundo y líquido, emitido a una escala suficiente para crear un mercado líquido, asignado y gestionado a nivel de la Unión, con un mecanismo de reembolso claro basado en recursos propios previsibles y creíbles, sin mutualización de la deuda nacional.
Facturación en eurosSe invita a la Comisión a vincular los programas de inversión de la Unión a la facturación en euros a lo largo de las cadenas de valor, a promover el uso del euro en los acuerdos comerciales y la contratación pública respetando las normas sobre ayudas de Estado, y a considerar incentivos específicos para la fijación de precios y la liquidación en euros de las exportaciones de tecnologías limpias.
Infraestructura digital y euro digitalEl Parlamento subraya que el préstamo, la financiación y la liquidación en euros requieren una infraestructura pública europea para los pagos y liquidaciones digitales, con una moneda digital de banco central mayorista en su núcleo, y reafirma su apoyo total al despliegue del euro digital, también para reducir los costes de las remesas.
Líneas de swapPide ampliar las líneas de swap bilaterales con los Estados miembros y a nivel internacional, e invita al BCE a informar mejor en su informe anual al Parlamento sobre los criterios de elegibilidad para estas líneas y a evaluar si dichos criterios sirven a la internacionalización del euro, también para los países del Sur global.
Estrategia común antes de finales de 2026El Parlamento invita a la Comisión, en cooperación con el BCE, a presentar una estrategia común de internacionalización del euro al Parlamento y al Consejo antes de finales de 2026.
La resolución fue aprobada por 405 votos a favor, 146 en contra y 60 abstenciones en una votación electrónica por llamamiento nominal.
Esta resolución no crea obligaciones jurídicas: pide a la Comisión y al BCE que actúen. Si estas peticiones se materializan, las empresas europeas, en particular las pequeñas y medianas empresas, podrían beneficiarse de costes de cambio más bajos y de facturas en euros más sencillas en el comercio internacional. Los hogares podrían ver reducidas las comisiones por envío de fondos gracias al euro digital minorista. El desarrollo de un activo seguro europeo común pretende reducir los costes de financiación y reforzar la estabilidad financiera, sin mutualizar las deudas nacionales.
El Parlamento Europeo ha aprobado una resolución que pide a la Comisión y al BCE una estrategia común de internacionalización del euro de aquí a finales de 2026. El objetivo es justo: hacer del euro una moneda internacional de pleno derecho, y no un refugio pasivo que absorbe los choques venidos de fuera. Pero el texto sigue siendo una lista de deseos, sin la palanca que cuenta: la disciplina presupuestaria y la liberalización de los mercados.
El Parlamento quiere hacer pasar el euro del estatuto de refugio pasivo al de moneda internacional. La idea es buena: una moneda que solo se utiliza para almacenar valor en periodo de crisis no ofrece ni las ventajas del señoreaje ni la influencia geopolítica de una verdadera moneda de reserva. Pero el texto pide sobre todo informes, estrategias e incentivos. No dice lo que hace atractivo al euro: unas finanzas públicas creíbles y unos mercados de capitales profundos, líquidos e integrados.
El Parlamento lo reconoce a medias: subraya que unos niveles elevados de deuda soberana pueden debilitar la credibilidad presupuestaria. Pero no saca las consecuencias. Una moneda internacional debe ofrecer activos seguros en cantidad suficiente. Ahora bien, el activo seguro europeo que reclama sigue condicionado a nuevas emisiones comunes, con un mecanismo de reembolso basado en recursos propios previsibles. Sin disciplina presupuestaria, esas emisiones se convierten en una nueva forma de deuda compartida, y los inversores lo verán.
La alternativa es simple: reducir el gasto público y la fiscalidad que pesan sobre el ahorro y la inversión, culminar la unión de los mercados de capitales suprimiendo las barreras nacionales, y dejar que los mercados evalúen el riesgo soberano sin garantía implícita. Es menos espectacular que una estrategia común, pero es lo que crea un activo seguro creíble.
El Parlamento invita a la Comisión a vincular los programas de inversión de la Unión a la facturación en euros y a considerar incentivos específicos para las exportaciones de tecnologías limpias. La intención es loable: las pymes europeas soportan costes de cambio y riesgos de tipo que encarecen sus exportaciones. Pero todo incentivo específico es un gasto público o una distorsión de la competencia. El contribuyente paga por un resultado que el mercado podría producir por sí solo si los costes de transacción en euros fueran más bajos.
La verdadera palanca no es el incentivo, es la simplificación. Un mercado único de los servicios financieros, unas normas de contabilidad y de quiebra armonizadas y una infraestructura de pago competitiva harían más por la facturación en euros que las subvenciones. El Parlamento menciona la infraestructura de pago pública y una moneda digital de banco central mayorista. Bien. Pero hay que preguntarse quién pagará y quién decidirá. Una infraestructura pública europea puede reducir la dependencia de los sistemas estadounidenses, a condición de que sea abierta, interoperable y gestionada con disciplina, no como un nuevo monopolio burocrático.
El Parlamento pide al BCE que rinda cuentas mejor de los criterios de elegibilidad para las líneas de swap y que evalúe si esos criterios sirven a la internacionalización del euro, también para los países del Sur global. Señala además que Ucrania no tiene línea de swap. La petición de transparencia es legítima: el BCE debe responder de sus decisiones ante los elected. Pero ampliar las líneas de swap es asumir un riesgo de crédito y de liquidez en nombre de la política exterior. Cada línea concedida es un compromiso implícito del banco central, y por tanto del contribuyente europeo.
La disciplina exige que esas líneas se concedan según criterios económicos estrictos, no según consideraciones diplomáticas. El Parlamento hace bien en pedir cuentas, pero no debe convertir al BCE en un instrumento de política exterior. Una moneda internacional inspira confianza porque su banco central es independiente y previsible, no porque reparta swaps.
Una moneda internacional no se decreta: se merece con disciplina presupuestaria y libertad de mercados.
El Parlamento Europeo ha aprobado una resolución que pide a la Comisión y al BCE una estrategia común de internacionalización del euro de aquí a finales de 2026. El objetivo es justo: hacer del euro una moneda internacional de pleno derecho, y no un refugio pasivo que absorbe los choques venidos de fuera. Pero el texto sigue siendo una lista de deseos, sin la palanca que cuenta: la disciplina presupuestaria y la liberalización de los mercados.
El Parlamento quiere hacer pasar el euro del estatuto de refugio pasivo al de moneda internacional. La idea es buena: una moneda que solo se utiliza para almacenar valor en periodo de crisis no ofrece ni las ventajas del señoreaje ni la influencia geopolítica de una verdadera moneda de reserva. Pero el texto pide sobre todo informes, estrategias e incentivos. No dice lo que hace atractivo al euro: unas finanzas públicas creíbles y unos mercados de capitales profundos, líquidos e integrados.
El Parlamento lo reconoce a medias: subraya que unos niveles elevados de deuda soberana pueden debilitar la credibilidad presupuestaria. Pero no saca las consecuencias. Una moneda internacional debe ofrecer activos seguros en cantidad suficiente. Ahora bien, el activo seguro europeo que reclama sigue condicionado a nuevas emisiones comunes, con un mecanismo de reembolso basado en recursos propios previsibles. Sin disciplina presupuestaria, esas emisiones se convierten en una nueva forma de deuda compartida, y los inversores lo verán.
La alternativa es simple: reducir el gasto público y la fiscalidad que pesan sobre el ahorro y la inversión, culminar la unión de los mercados de capitales suprimiendo las barreras nacionales, y dejar que los mercados evalúen el riesgo soberano sin garantía implícita. Es menos espectacular que una estrategia común, pero es lo que crea un activo seguro creíble.
El Parlamento invita a la Comisión a vincular los programas de inversión de la Unión a la facturación en euros y a considerar incentivos específicos para las exportaciones de tecnologías limpias. La intención es loable: las pymes europeas soportan costes de cambio y riesgos de tipo que encarecen sus exportaciones. Pero todo incentivo específico es un gasto público o una distorsión de la competencia. El contribuyente paga por un resultado que el mercado podría producir por sí solo si los costes de transacción en euros fueran más bajos.
La verdadera palanca no es el incentivo, es la simplificación. Un mercado único de los servicios financieros, unas normas de contabilidad y de quiebra armonizadas y una infraestructura de pago competitiva harían más por la facturación en euros que las subvenciones. El Parlamento menciona la infraestructura de pago pública y una moneda digital de banco central mayorista. Bien. Pero hay que preguntarse quién pagará y quién decidirá. Una infraestructura pública europea puede reducir la dependencia de los sistemas estadounidenses, a condición de que sea abierta, interoperable y gestionada con disciplina, no como un nuevo monopolio burocrático.
El Parlamento pide al BCE que rinda cuentas mejor de los criterios de elegibilidad para las líneas de swap y que evalúe si esos criterios sirven a la internacionalización del euro, también para los países del Sur global. Señala además que Ucrania no tiene línea de swap. La petición de transparencia es legítima: el BCE debe responder de sus decisiones ante los elected. Pero ampliar las líneas de swap es asumir un riesgo de crédito y de liquidez en nombre de la política exterior. Cada línea concedida es un compromiso implícito del banco central, y por tanto del contribuyente europeo.
La disciplina exige que esas líneas se concedan según criterios económicos estrictos, no según consideraciones diplomáticas. El Parlamento hace bien en pedir cuentas, pero no debe convertir al BCE en un instrumento de política exterior. Una moneda internacional inspira confianza porque su banco central es independiente y previsible, no porque reparta swaps.
Una moneda internacional no se decreta: se merece con disciplina presupuestaria y libertad de mercados.