El 22 de enero de 2026, el Parlamento Europeo adoptó una resolución sobre la elección de indicadores de rendimiento para la auditoría y el control presupuestario de los fondos destinados a apoyar la competitividad futura de Europa. Este texto, no legislativo, tiene como objetivo mejorar la forma en que la Unión Europea mide la eficacia de sus gastos para reforzar la competitividad.
La Unión Europea dedica fondos importantes a medidas destinadas a mejorar la competitividad de sus empresas y de su economía. Para asegurarse de que este dinero se utiliza bien, es necesario disponer de indicadores de rendimiento fiables. Estos indicadores permiten evaluar si se alcanzan los objetivos y ajustar las políticas en consecuencia. La resolución responde a una solicitud de la Comisión Europea y se inscribe en el marco del reglamento financiero de la UE (Reglamento (UE, Euratom) 2024/2509).
El Parlamento Europeo adoptó una resolución que formula recomendaciones sobre la elección y el uso de indicadores de rendimiento. Insiste en la necesidad de:
La resolución no tiene fuerza vinculante, pero orienta los trabajos futuros de la Comisión Europea y de las autoridades presupuestarias.
El texto fue adoptado por 318 votos a favor, 247 en contra y 67 abstenciones. Se trata de una votación nominal, lo que significa que cada diputado fue registrado individualmente.
Esta resolución puede parecer técnica, pero tiene un impacto concreto: pretende garantizar que el dinero público europeo se gaste de manera eficaz para mejorar la competitividad, lo que puede traducirse en más empleos, una mejor innovación y una economía más fuerte. Al exigir indicadores claros y transparentes, el Parlamento refuerza la confianza de los ciudadanos en el uso de sus impuestos.
El Parlamento Europeo adoptó el 22 de enero de 2026 una resolución que exige que cada euro gastado por la Unión produzca un resultado medible. Detrás de la técnica de los indicadores de rendimiento, se libra una batalla sobre el control democrático del presupuesto y sobre la carga que pesa sobre quienes producen.
El Tribunal de Cuentas lo repite: los indicadores de rendimiento de la Unión miden con demasiada frecuencia insumos y realizaciones, no resultados. Un programa puede mostrar tasas de ejecución perfectas y, al mismo tiempo, fracasar a la hora de estimular la innovación o el empleo. El Parlamento tiene razón al querer invertir la lógica: indicadores SMART, evaluaciones intermedias, datos trazables hasta el beneficiario final. Pero hay que ir más lejos: cada indicador adicional es un coste para las empresas y las administraciones. La simplificación no es una opción, es una condición de la eficacia.
El Parlamento pide también que los datos se publiquen en tiempo real y se verifiquen de forma independiente. Es una exigencia de transparencia legítima, pero no debe convertirse en una carga. El principio de la transmisión única de información, mencionado en la resolución, debe ser la regla, no la excepción. Las pymes no pueden dedicar recursos a rellenar formularios para indicadores que no dicen nada de su rendimiento real.
El texto fija un objetivo ambicioso: hacer de la competitividad una prioridad medible. Pero no basta con añadir indicadores de competitividad para hacer competitiva a Europa. La verdadera palanca es la reducción de la carga regulatoria. El Parlamento pide pasar de «una adición, una retirada» a «una adición, dos retiradas». Es una señal política fuerte, pero sigue siendo una recomendación no vinculante. Para que esto cambie las cosas, hará falta una regla vinculante, aplicada a cada propuesta legislativa.
La resolución menciona también el Estado de Derecho como condición de la competitividad. Es una evidencia: sin seguridad jurídica, los inversores huyen. Pero la incorporación de indicadores vinculados al Estado de Derecho no debe convertirse en un instrumento de condicionalidad política arbitraria. La regla debe ser clara, objetiva y verificable, no un instrumento de presión. La confianza de las empresas se basa en reglas estables, no en indicadores cambiantes.
Un presupuesto sin indicadores de resultado es un presupuesto sin responsabilidad. Pero unos indicadores sin simplificación son un impuesto encubierto sobre quienes producen.
El Parlamento Europeo adoptó el 22 de enero de 2026 una resolución que exige que cada euro gastado por la Unión produzca un resultado medible. Detrás de la técnica de los indicadores de rendimiento, se libra una batalla sobre el control democrático del presupuesto y sobre la carga que pesa sobre quienes producen.
El Tribunal de Cuentas lo repite: los indicadores de rendimiento de la Unión miden con demasiada frecuencia insumos y realizaciones, no resultados. Un programa puede mostrar tasas de ejecución perfectas y, al mismo tiempo, fracasar a la hora de estimular la innovación o el empleo. El Parlamento tiene razón al querer invertir la lógica: indicadores SMART, evaluaciones intermedias, datos trazables hasta el beneficiario final. Pero hay que ir más lejos: cada indicador adicional es un coste para las empresas y las administraciones. La simplificación no es una opción, es una condición de la eficacia.
El Parlamento pide también que los datos se publiquen en tiempo real y se verifiquen de forma independiente. Es una exigencia de transparencia legítima, pero no debe convertirse en una carga. El principio de la transmisión única de información, mencionado en la resolución, debe ser la regla, no la excepción. Las pymes no pueden dedicar recursos a rellenar formularios para indicadores que no dicen nada de su rendimiento real.
El texto fija un objetivo ambicioso: hacer de la competitividad una prioridad medible. Pero no basta con añadir indicadores de competitividad para hacer competitiva a Europa. La verdadera palanca es la reducción de la carga regulatoria. El Parlamento pide pasar de «una adición, una retirada» a «una adición, dos retiradas». Es una señal política fuerte, pero sigue siendo una recomendación no vinculante. Para que esto cambie las cosas, hará falta una regla vinculante, aplicada a cada propuesta legislativa.
La resolución menciona también el Estado de Derecho como condición de la competitividad. Es una evidencia: sin seguridad jurídica, los inversores huyen. Pero la incorporación de indicadores vinculados al Estado de Derecho no debe convertirse en un instrumento de condicionalidad política arbitraria. La regla debe ser clara, objetiva y verificable, no un instrumento de presión. La confianza de las empresas se basa en reglas estables, no en indicadores cambiantes.
Un presupuesto sin indicadores de resultado es un presupuesto sin responsabilidad. Pero unos indicadores sin simplificación son un impuesto encubierto sobre quienes producen.