El Parlamento Europeo ha adoptado un texto sobre la integración de la perspectiva de género en el proceso presupuestario de la UE. Esta iniciativa llega en un momento de preparación del próximo marco financiero plurianual para 2028-2034. Las medidas afectarán a todos los Estados miembros e instituciones de la UE, así como a todos los ciudadanos de la Unión.
Se basa en el derecho primario de la UE y las estrategias de igualdad de género. El objetivo es integrar sistemáticamente los análisis de impacto de género en los procesos presupuestarios y garantizar que el presupuesto de la UE promueva la igualdad entre hombres y mujeres.
Las medidas comienzan a aplicarse en preparación del marco financiero plurianual 2028-2034. La Comisión y los Estados miembros serán responsables de la implementación, con supervisión del Tribunal de Cuentas Europeo. Los métodos piloto están disponibles desde 2023.
Se espera que el enfoque contribuya a mayor igualdad de género y beneficios macroeconómicos. El EIGE estima que mejorar la igualdad de género podría aumentar el PIB per cápita entre 6,1-9,6% para 2050. Las medidas beneficiarán a mujeres y grupos vulnerables, contribuyendo a una participación más equilibrada en el proceso presupuestario.
El Parlamento Europeo ha aprobado una resolución que pide a la Comisión transformar su método piloto de seguimiento de los gastos de igualdad de género en un verdadero presupuesto con perspectiva de género, con objetivos vinculantes. Detrás de las buenas intenciones, una nueva capa de burocracia y una transferencia de poder hacia expertos no elegidos.
La Comisión había desarrollado una herramienta estadística para puntuar los programas según su contribución a la igualdad de género, de 2 (objetivo principal) a 0* (impacto positivo probable pero no demostrado). El Parlamento toma nota de este ejercicio, pero se niega a contentarse con él: exige un método completo y operativo desde el próximo marco financiero, con metas cifradas. El giro es claro: se pasa de un instrumento de observación a un instrumento de asignación de recursos.
El problema no es la igualdad de género en sí, sino la lógica planificadora. Fijar una parte mínima del presupuesto a un objetivo equivale a sustraer fondos de otras prioridades, sin un debate democrático explícito sobre los arbitrajes. Las cifras citadas por el propio Parlamento muestran la fragilidad del método: las puntuaciones variaron del 1 % al 3 % para la puntuación 2 entre 2021 y 2024, y la Comisión reconoce que las comparaciones anuales tienen un valor limitado debido a problemas de datos. Construir una política presupuestaria vinculante sobre una base tan inestable es un error de diseño.
Además, la resolución pide que se tengan en cuenta los efectos negativos potenciales de los programas sobre la igualdad de género, al tiempo que reconoce que ello no debe desalentar las inversiones en sectores como la defensa. Esta contradicción revela la ambigüedad de un enfoque que quiere medirlo todo sin asumir nunca costes.
El Parlamento insta a la Comisión a instituir un «mecanismo para preservar la igualdad de género»: toda propuesta legislativa considerada por el Tribunal de Cuentas contraria a la estrategia de igualdad de género debería revisarse. He aquí una innovación institucional pesada: un órgano de control no elegido, el Tribunal de Cuentas, se vería investido de un derecho de veto de hecho sobre decisiones políticas. El Tribunal de Cuentas está para verificar la regularidad de los gastos, no para arbitrar orientaciones políticas.
Este mecanismo añade una capa de control ex ante que ralentizará la adopción de los textos y dará a los expertos un poder de bloqueo. Para las empresas, esto significa retrasos adicionales y una mayor incertidumbre sobre la conformidad de los programas. Para los ciudadanos, aleja aún más las decisiones de las urnas.
El Parlamento también pide análisis de impacto sistemáticos sobre la igualdad de género, incluidos los regímenes fiscales y las ayudas estatales, al tiempo que reconoce los costes administrativos para las pymes. La simplificación tan alabada en otros ámbitos se convierte aquí en una complejidad asumida.
El presupuesto no es un instrumento de ingeniería social: es el dinero de los contribuyentes, y cada euro asignado a una causa debe justificarse mediante un debate público, no mediante una puntuación de experto.
El Parlamento Europeo ha aprobado una resolución que pide a la Comisión transformar su método piloto de seguimiento de los gastos de igualdad de género en un verdadero presupuesto con perspectiva de género, con objetivos vinculantes. Detrás de las buenas intenciones, una nueva capa de burocracia y una transferencia de poder hacia expertos no elegidos.
La Comisión había desarrollado una herramienta estadística para puntuar los programas según su contribución a la igualdad de género, de 2 (objetivo principal) a 0* (impacto positivo probable pero no demostrado). El Parlamento toma nota de este ejercicio, pero se niega a contentarse con él: exige un método completo y operativo desde el próximo marco financiero, con metas cifradas. El giro es claro: se pasa de un instrumento de observación a un instrumento de asignación de recursos.
El problema no es la igualdad de género en sí, sino la lógica planificadora. Fijar una parte mínima del presupuesto a un objetivo equivale a sustraer fondos de otras prioridades, sin un debate democrático explícito sobre los arbitrajes. Las cifras citadas por el propio Parlamento muestran la fragilidad del método: las puntuaciones variaron del 1 % al 3 % para la puntuación 2 entre 2021 y 2024, y la Comisión reconoce que las comparaciones anuales tienen un valor limitado debido a problemas de datos. Construir una política presupuestaria vinculante sobre una base tan inestable es un error de diseño.
Además, la resolución pide que se tengan en cuenta los efectos negativos potenciales de los programas sobre la igualdad de género, al tiempo que reconoce que ello no debe desalentar las inversiones en sectores como la defensa. Esta contradicción revela la ambigüedad de un enfoque que quiere medirlo todo sin asumir nunca costes.
El Parlamento insta a la Comisión a instituir un «mecanismo para preservar la igualdad de género»: toda propuesta legislativa considerada por el Tribunal de Cuentas contraria a la estrategia de igualdad de género debería revisarse. He aquí una innovación institucional pesada: un órgano de control no elegido, el Tribunal de Cuentas, se vería investido de un derecho de veto de hecho sobre decisiones políticas. El Tribunal de Cuentas está para verificar la regularidad de los gastos, no para arbitrar orientaciones políticas.
Este mecanismo añade una capa de control ex ante que ralentizará la adopción de los textos y dará a los expertos un poder de bloqueo. Para las empresas, esto significa retrasos adicionales y una mayor incertidumbre sobre la conformidad de los programas. Para los ciudadanos, aleja aún más las decisiones de las urnas.
El Parlamento también pide análisis de impacto sistemáticos sobre la igualdad de género, incluidos los regímenes fiscales y las ayudas estatales, al tiempo que reconoce los costes administrativos para las pymes. La simplificación tan alabada en otros ámbitos se convierte aquí en una complejidad asumida.
El presupuesto no es un instrumento de ingeniería social: es el dinero de los contribuyentes, y cada euro asignado a una causa debe justificarse mediante un debate público, no mediante una puntuación de experto.