El Parlamento Europeo ha adoptado un texto para reforzar los derechos de los consumidores en la era digital. La medida refleja el rápido crecimiento de las compras online y la necesidad de una protección moderna. Afecta a todos los ciudadanos de la UE que compran por internet y a las empresas que ofrecen servicios digitales.
El texto se basa en la legislación existente de la UE sobre protección de consumidores y la actualiza para el entorno digital. Los objetivos principales son garantizar información más clara, prevenir costes ocultos y facilitar la resolución de problemas en transacciones online.
El reglamento entrará en vigor 18 meses después de su publicación en el Diario Oficial de la UE. Los estados miembros deben adaptar su legislación nacional. El control de la implementación corresponderá a las autoridades nacionales de protección al consumidor y la Comisión Europea.
Los consumidores tendrán mayor seguridad en las compras online y acceso a mejores mecanismos para resolver problemas. Las empresas deben prepararse para nuevas obligaciones informativas y la prohibición de prácticas engañosas. Se espera una mayor confianza en el mercado digital, lo que podría impulsar el crecimiento del comercio electrónico.
El Parlamento Europeo adoptó el 13 de noviembre de 2025, por 310 votos contra 222 y 68 abstenciones, una resolución no legislativa que pide a la Comisión una estrategia ambiciosa para la igualdad de género 2026-2030. Detrás de los llamados a criminalizar la violación, el feminicidio o el proxenetismo, no se crea ningún mecanismo vinculante: el texto acumula peticiones a la Comisión sin cuantificar su coste ni designar a los responsables de su aplicación.
La resolución no crea ninguna obligación jurídica nueva: invita a la Comisión a presentar propuestas, a publicar recomendaciones, a supervisar transposiciones. Cada petición sigue siendo una exhortación política. Ahora bien, una exhortación no cuesta nada a quienes la emiten y no garantiza nada a quienes pretende proteger. Las víctimas de violencia esperan actos, no llamamientos.
Tomemos la petición de criminalizar la violación sobre la base de la ausencia de consentimiento. El Parlamento señala que 14 Estados miembros aún exigen una forma de violencia o no mencionan explícitamente el consentimiento. Pero pide una legislación europea sin decir cómo se adoptaría por unanimidad en el Consejo, ni cómo se articularía con los sistemas penales nacionales. Una competencia penal europea supone un acuerdo unánime de los Estados, y el texto no aporta ninguna evaluación de esa dificultad.
Lo mismo ocurre con la lucha contra la prostitución: la resolución anima a los Estados a despenalizar a las personas prostituidas y a sancionar a los clientes. Es una posición moral, no una política pública evaluada. No se aporta ningún dato sobre los efectos concretos de ese modelo allí donde se ha probado, ni sobre el coste de los programas de salida. El Parlamento legisla a ciegas.
El texto reclama un marco vinculante para garantizar el acceso universal a los servicios de salud sexual y reproductiva, sea cual sea el estatuto migratorio o de residencia. Tal garantía supone una armonización de los sistemas de salud, una competencia que sigue siendo en gran medida nacional. En la práctica, la Comisión solo puede financiar programas o emitir directrices. La brecha entre la promesa y la palanca real es enorme.
Más problemático: la resolución pide que los fondos de cohesión y de recuperación se acompañen de objetivos de igualdad de género. Eso significa nuevas condicionalidades para las regiones, es decir, formularios, auditorías, retrasos. El coste de esa burocracia lo soportarán las colectividades locales, no quienes la votaron. Un enfoque subsidiario habría consistido en dejar que las regiones definieran sus prioridades en materia de igualdad, con indicadores simples y no con objetivos impuestos desde Bruselas.
El Parlamento pide también más recursos para el Instituto Europeo para la Igualdad de Género (EIGE) y nuevos agentes temporales. Sin duda el instituto hace un trabajo de recopilación de datos, pero no se adjunta ninguna evaluación independiente de su eficacia. Cada euro gastado aquí es un euro que no va a refugios o a programas de prevención sobre el terreno.
Una resolución que lo pide todo a la Comisión sin decirle nunca quién pagará ni quién responderá ante los votantes.
El Parlamento Europeo adoptó el 13 de noviembre de 2025, por 310 votos contra 222 y 68 abstenciones, una resolución no legislativa que pide a la Comisión una estrategia ambiciosa para la igualdad de género 2026-2030. Detrás de los llamados a criminalizar la violación, el feminicidio o el proxenetismo, no se crea ningún mecanismo vinculante: el texto acumula peticiones a la Comisión sin cuantificar su coste ni designar a los responsables de su aplicación.
La resolución no crea ninguna obligación jurídica nueva: invita a la Comisión a presentar propuestas, a publicar recomendaciones, a supervisar transposiciones. Cada petición sigue siendo una exhortación política. Ahora bien, una exhortación no cuesta nada a quienes la emiten y no garantiza nada a quienes pretende proteger. Las víctimas de violencia esperan actos, no llamamientos.
Tomemos la petición de criminalizar la violación sobre la base de la ausencia de consentimiento. El Parlamento señala que 14 Estados miembros aún exigen una forma de violencia o no mencionan explícitamente el consentimiento. Pero pide una legislación europea sin decir cómo se adoptaría por unanimidad en el Consejo, ni cómo se articularía con los sistemas penales nacionales. Una competencia penal europea supone un acuerdo unánime de los Estados, y el texto no aporta ninguna evaluación de esa dificultad.
Lo mismo ocurre con la lucha contra la prostitución: la resolución anima a los Estados a despenalizar a las personas prostituidas y a sancionar a los clientes. Es una posición moral, no una política pública evaluada. No se aporta ningún dato sobre los efectos concretos de ese modelo allí donde se ha probado, ni sobre el coste de los programas de salida. El Parlamento legisla a ciegas.
El texto reclama un marco vinculante para garantizar el acceso universal a los servicios de salud sexual y reproductiva, sea cual sea el estatuto migratorio o de residencia. Tal garantía supone una armonización de los sistemas de salud, una competencia que sigue siendo en gran medida nacional. En la práctica, la Comisión solo puede financiar programas o emitir directrices. La brecha entre la promesa y la palanca real es enorme.
Más problemático: la resolución pide que los fondos de cohesión y de recuperación se acompañen de objetivos de igualdad de género. Eso significa nuevas condicionalidades para las regiones, es decir, formularios, auditorías, retrasos. El coste de esa burocracia lo soportarán las colectividades locales, no quienes la votaron. Un enfoque subsidiario habría consistido en dejar que las regiones definieran sus prioridades en materia de igualdad, con indicadores simples y no con objetivos impuestos desde Bruselas.
El Parlamento pide también más recursos para el Instituto Europeo para la Igualdad de Género (EIGE) y nuevos agentes temporales. Sin duda el instituto hace un trabajo de recopilación de datos, pero no se adjunta ninguna evaluación independiente de su eficacia. Cada euro gastado aquí es un euro que no va a refugios o a programas de prevención sobre el terreno.
Una resolución que lo pide todo a la Comisión sin decirle nunca quién pagará ni quién responderá ante los votantes.